Dos Hércules formalmente semejantes construyen, sin embargo, dos imágenes antagónicas: como límite y como espacio de unión
Dos imponentes esculturas en bulto redondo del Heracles griego, con sus respectivas columnas dóricas, adornan desde c. 2005 el puerto y el centro histórico de Ceuta. Se trata de dos obras colosales en bronce de siete metros de altura cada una, de gran fuerza y dinamismo, muy cuidadas en sus detalles y realizadas por el escultor local Ginés Serrán. Y en apariencia, muy semejantes entre sí. Hasta aquí todo parece acertado. Con la cantidad de vulgaridades y excentricidades que se proponen como patrimonio, no dejan de ser un soplo de aire fresco que además se relacionan con nuestros propios mitos y símbolos civilizatorios. Y lo sagrado se comunica por medio de los símbolos como reflexionó en tantas ocasiones Mircea Eliade. De esta manera, no es fruto del azar que durante estas semanas se hayan empleado ambas obras de manera recurrente para defender Ceuta y su soberanía. Los monumentos no se limitan a decorar la ciudad; seleccionan el pasado, construyen memoria y terminan condicionando la manera en que una comunidad se representa a sí misma.
Profundizando en las dos estatuas identificamos en primer lugar que, siguiendo el nombre que ofrecen los propios responsables del consistorio ceutí [1], una se denomina «Las columnas de Hércules. Abila y Calpe» y la otra «La unión del mundo. Monumento a la paz mundial» (véase al respecto la imagen adjunta con ambas representaciones). De este modo, el mito de la separación de África y Europa por parte de Hércules, colocando allí los límites del mundo, ha sido transformado —o, más exactamente, resignificado—en la segunda obra. Y así mientras que una de estas esculturas delimita los dos mundos y los separa con rotundidad, la otra los une por medio del gesto simbólico de acercamiento de las columnas a modo de abrazo. Dos Hércules formalmente semejantes construyen, sin embargo, dos imágenes antagónicas: como límite y como espacio de unión.
Se trata, por tanto, de un engarce a la fuerza, ajeno al mito, a la tradición y a la realidad pasada y actual que la rodean (más acertado sería escribir que la invaden). Según indicó el escultor a los medios de prensa locales en su momento de instalación, es un nuevo símbolo de paz y entendimiento entre los mundos, etcétera, etcétera [2]. Una interpretación muy en sintonía con el diálogo de civilizaciones promovido por Zapatero que entonces gobernaba. Por eso es importante que no se haga un empleo arbitrario de una o de otra escultura para defender el carácter español y europeo de la ciudad autónoma, pese a la buena voluntad que existe en numerosas ocasiones detrás de los actos que las reproducen.
Pero hay más que advertir en torno a todo esto y es una cuestión de fondo. Mientras que «Las columnas de Hércules. Abila y Calpe» es propiedad del consistorio ceutí, el cual la sufragó gobernando el Partido Popular, la otra continúa siendo propiedad del escultor, es decir, se trata de una escultura privada instalada en un espacio público. Una y otra ornamentan el paisaje ceutí desde hace bastantes años calando en el imaginario colectivo. Es necesario asumir que los discursos que promueven manifestaciones de este tipo anestesian a las comunidades que luchan por su propia supervivencia. No son meros elementos ornamentales que nutren el paisaje. De este modo, cabría preguntarse por qué el Partido Popular la aceptó en su momento. En cualquier circunstancia, resulta inevitable reclamar una resignificación de esta obra, de modo que pueda convertirse, por ejemplo, en un símbolo de unión de los españoles de la Península y los del norte de África, sin necesidad de retirarla o alterarla. Modificar el título y la leyenda de la placa y enmarcar todo esto en un gran acto público de reafirmación de la soberanía española sobre Ceuta. Mas esto no se puede quedar en un simple acto simbólico marginal y habría que encajarlo en una agenda cultural superior y nacional que luche contra este tipo de narrativas y siempre con la belleza en el horizonte. «Hay que colonizar el vacío y poblarlo de figuras dominantes y sagradas» manifestó el poeta Gabriel Celaya. En caso contrario, como aquí se ha argumentado, otros lo harán por nosotros.
Hoy más que nunca lo que demanda Europa son esculturas como las de los Argonath, los Pilares de los Reyes, las grandes estatuas de Isildur y Anarión, que delimitan y protegen armados la entrada del río Anduin, en el antiguo límite norte de Gondor. Los Argonath monumentalizan frontera, memoria, autoridad, vigilancia y pertenencia. Europa, como Gondor, las necesita.
AL – Instituto Carlos V para la Larga Memoria Europea
[1] https://web.ceuta.es/patrimoniocultural/esculturas/controlador?cmd=listado-pag [fecha de consulta: 03-09-2026]
[2] https://elfarodeceuta.es/con-unos-presupuestos-muy-basicos-se-puede-hacer-de-ceuta-otra-florencia/ [fecha de consulta: 03-09-2026]. Este escultor ha ejecutado también con dinero público en la ciudad obras tan interesantes como los bustos de Homero, Platón, Aristóteles, Estrabón, Pomponio Mela o la estatua de Enrique el navegante, representaciones que forman parte de un proyecto escultórico más ambicioso.

