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Filosofar y comprender lo humano

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Esta actividad voluntaria responde a una inclinación natural por poseer un conocimiento profundo y racional de los fundamentos de todas las cosas, permitiendo al hombre entender su lugar en el mundo, reconocer sus propias raíces y actuar con prudencia dentro de su comunidad.


La antropología filosófica se constituye como una disciplina fundamental dentro del corpus del saber, orientada a la indagación de las causas últimas y de los principios esenciales que rigen el ser, la cultura y el obrar de las comunidades humanas. A diferencia de las ramas científico-técnicas que fragmentan al sujeto en datos globales y económicos, esta disciplina busca una visión integral arraigada en la herencia y en el sentido histórico del ser. El ser humano, definido por su necesidad de pertenencia y autoconocimiento, ha encontrado y sigue encontrando en la filosofía el área idónea para abordar el destino de su propia existencia, impulsado por la memoria colectiva que lo lleva a querer afirmar y preservar su propia identidad.

Dentro del espectro de las ciencias humanas (y aun dentro de la misma antropología) se hace necesario distinguir entre las diversas aproximaciones al estudio del hombre. Mientras que la antropología física se concentra en los rasgos morfológicos y fisiológicos humanos desde un punto de vista meramente biológico y la antropología cultural y social analiza la historia, estructura y desarrollo de las civilizaciones, la antropología filosófica se presenta como una “filosofía del hombre”. Esta última asume la tarea de analizar al ser humano en su totalidad íntima, rescatando la cuestión del sujeto situado en su comunidad y su historia frente al racionalismo aún dominante, que tiende a una abstracción deshumanizadora y desarraigada. Esta necesidad de síntesis surge precisamente porque, a medida que la ciencia y la tecnología avanzan, el conocimiento sobre el valor filosófico del hombre parece volverse más esquivo, revelando que, cuanto más se conoce sobre sus funciones, más se evidencia lo poco que se comprende la esencia última de su identidad y pertenencia.

La relevancia de la antropología filosófica radica, así, en su capacidad para integrar las aportaciones de las ciencias experimentales y las humanidades en una síntesis superior. Su labor consiste en averiguar las condiciones de posibilidad para que exista un ser como el hombre y un saber como la filosofía. La antropología filosófica se convierte en la disciplina que pone al sujeto culturalmente situado en el centro de toda interrogación, preguntándose si somos simple carne eventualmente habitada por un alma, animales racionales o si, por el contrario, nuestra verdadera esencia trasciende dichas definiciones a través de la herencia, la memoria colectiva y la continuidad de nuestro pueblo.

El acto de filosofar, por otro lado, no debería acabar convirtiéndose en una actividad meramente académica, sino resistir como lo que siempre ha sido: una actitud natural e intrínseca a la condición humana. Etimológicamente, la filosofía se define como el amor a la sabiduría, una búsqueda más que una posesión total del saber; añadamos a ello que, según la tradición tomista, ama la sabiduría sólo quien la busca por sí misma, y no con una actitud pragmática o funcional. Esta actividad voluntaria responde a una inclinación natural por poseer un conocimiento profundo y racional de los fundamentos de todas las cosas, permitiendo al hombre entender su lugar en el mundo, reconocer sus propias raíces y actuar con prudencia dentro de su comunidad.

El origen del filosofar se encuentra en fenómenos como el asombro, que es la admiración que causa la contemplación de la realidad y del ser y que impulsa al hombre a buscar sus causas últimas. Platón y Aristóteles sostenían que el pensamiento filosófico nace precisamente de esta capacidad de asombrarse ante el mundo y que, de hecho, quien la pierde se ve impedido de alcanzar la plenitud o felicidad como igualmente impedido se ve de captar el detalle y la profundidad de la existencia. La filosofía, entonces, constituye una herencia inevitable e irrenunciable, dado que la admiración ante el orden de la Naturaleza genera una necesidad de satisfacción intelectual que genera preguntas fundamentales: ¿por qué existe el ser y no la nada? ¿Cuál es el lugar y el destino de nuestro propio pueblo en este orden cósmico? Junto al asombro, la duda surge cuando las certezas se desmoronan y el hombre se ve obligado a revisar sus juicios. Sin embargo, son las situaciones límite, aquellas de las que no podemos salir (la muerte, el sufrimiento, la culpa, la conciencia de la finitud), las que fuerzan al ser humano a un repliegue sobre sí mismo en busca de un sentido que trascienda lo inmediato. En este contexto, el filosofar se manifiesta como una herramienta de autocomprensión que permite al hombre crearse una autoimagen, reflexionando sobre su lugar específico y de custodio dentro del orden de la Naturaleza. Por medio de este ejercicio el principio de la sabiduría se halla en el reconocimiento de nuestras limitaciones, consistiendo la filosofía en una búsqueda de y una fidelidad constante a los principios esenciales que sostienen nuestra existencia colectiva.

Immanuel Kant propuso que todo el campo de la reflexión puede reducirse a cuatro preguntas esenciales que delimitan el interés de la razón. Sin embargo, frente a su pretensión cosmopolita, el pensamiento arraigado demuestra que estos interrogantes no se responden en el vacío, sino desde la particularidad de cada cultura; es por ello que las cuatro preguntas kantianas podrían ser reformuladas del siguiente modo:

  1. ¿Qué podemos saber?: Esta pregunta es abordada por la epistemología y se ocupa de los límites y las posibilidades del conocimiento humano según la cosmovisión de cada pueblo.
  2. ¿Qué debemos hacer?: A esta cuestión responde la ética, buscando establecer las normas y principios morales nacidos de la tradición, que debe regir la conducta comunitaria.
  3. ¿Qué nos está permitido esperar?: Esta es la pregunta de la religión, que indaga sobre el destino último del hombre y los mitos fundacionales de una estirpe.
  4. Qué es el hombre?: Esta es la pregunta de la antropología.

Kant argumentó que, en el fondo, las tres primeras preguntas podrían considerarse pertenecientes a la antropología, ya que todas ellas remiten en última instancia a la naturaleza del ser humano. Esta unificación del interés de la “razón” revela que la reflexión antropológica es el verdadero hilo conductor de la filosofía kantiana (y de la filosofía en general). La vida de una comunidad adquiere dimensiones distintas dependiendo de cómo responda a su propia esencia, pues no es lo mismo una respuesta que contemple su herencia espiritual que una que la ignore en pos de un utilitarismo pragmático.

La comprensión de lo humano ha atravesado diversas etapas, cada una influida por factores internos y externos que configuran la cosmovisión de cada civilización. En la Grecia antigua la concepción del hombre evolucionó desde el héroe homérico de época arcaica, cuya voluntad estaba entrelazada con el destino y la comunión con los dioses, hacia una visión más centrada en el carácter moral y la razón. Los griegos introdujeron conceptos que siguen vigentes: el equilibrio entre lo material y lo espiritual, la inmortalidad del alma y la responsabilidad individual frente a la libertad. Sócrates buscó en la personalidad y en el carácter moral la médula de la existencia, mientras que Platón formuló la primera teoría filosófica estructurada sobre el hombre, distinguiéndolo por su capacidad de acceder al Mundo de las Ideas. Por su parte, Aristóteles sentó las bases de la antropología al considerar al hombre un animal racional y, ante todo, un zoon politikon, cuya realización se da únicamente en el marco de la polis y mediante la fidelidad a su telos o fin último.

Durante la Baja Edad Media (siglos XIV y XV), la anterior cosmovisión teocéntrica dominante, que entendía al hombre como una creación a imagen y semejanza de Dios pero situada en un mundo concebido como un “valle de lágrimas”, comenzó a dar lugar al humanismo, movimiento que supuso un nuevo retorno a las fuentes clásicas (que nunca se habían abandonado del todo en realidad) pero que, ante todo, situó la dignidad de las capacidades humanas en el centro de la cultura, la política y la filosofía. El hombre fue visto como un ser capaz de crear y de transformar, dotado de una razón orientada a investigar la Naturaleza. Figuras como Petrarca, Boccaccio, Alonso de Cartagena y Antonio de Nebrija rescataron los estudios humanísticos de la Antigüedad para revitalizar la identidad europea, mientras que los estudios anatómicos de Andrea Vesalio y Juan Valverde de Amusco permitieron una nueva comprensión del cuerpo humano. Esta época consolidó la noción de que los pueblos no son meros espectadores de la Providencia, sino legisladores y artífices de su propia continuidad histórica.

Más adelante, la Ilustración pretendió otorgar al hombre un mayor protagonismo, pero mediante el uso de una razón abstracta y descontextualizada. Kant definió este período como el acceso a una “mayoría de edad” que, al incitar al individuo a romper con los lazos de la tradición, sembró las bases del desarraigo moderno y actual. En los debates sobre la condición humana, y frente al optimismo de Rousseau, que planteaba que el hombre nace “bueno” y la sociedad lo corrompe, el pensamiento tradicional (Burke, Maistre, Bonald, Fernando de Ceballos, Francisco Alvarado) recordó que el ser humano sólo se realiza y adquiere su verdadera dimensión moral dentro del orden y la estructura de su propia cultura. Asimismo, la Modernidad ilustrada introdujo una noción lineal de la historia en la que la identidad ya no se asienta sobre las raíces y la estirpe, sino que se diluye en la ilusión de un ilimitado progreso científico universal y en el utilitarismo técnico.

Frente al paulatino empobrecimiento y reduccionismo de lo humano desde los comienzos de la Ilustración, importa mucho comprender al hombre en su complejidad y por ello es necesario analizar las diversas dimensiones que lo conforman, todas las cuales interactúan dentro de un marco cultural específico. Sólo un enfoque integral permite identificar áreas clave que definen el potencial así como la plenitud del sujeto.

  1. Dimensión física: El cuerpo como soporte biológico del linaje familiar y de los genes heredados.
  2. Dimensión cognitiva: El intelecto, orientado a descifrar el mundo desde la cosmovisión de la cultura propia.
  3. Dimensión social o comunitaria: El ser humano se realiza en la comunidad orgánica (familia, barrio, pueblo, ciudad, región, patria) que le precede y le dota de identidad, lazos afectivos y destino.
  4. Dimensión emocional: El desarrollo afectivo y la empatía, vividos no de forma abstracta, sino desde códigos de pertenencia grupal concreta.
  5. Dimensión comunicativa: El lenguaje, la capacidad humana más destacable para transmitir la tradición, los mitos y el saber transgeneracional de un pueblo.
  6. Dimensión ético-moral: Valoración de las acciones propias y ajenas según las normas y virtudes heredadas de la propia tradición histórica.
  7. Dimensión espiritual: Búsqueda de sentido y trascendencia de la mera condición biológica por medio de la experiencia de lo sagrado y la fidelidad a los ancestros.
  8. Dimensión estética: Conmoción ante la belleza y el orden del mundo, eventualmente expresados en el arte, en que se aúnan el genio singular y el cultural heredado.

El siglo XX trajo consigo un giro profundo hacia las cuestiones de la existencia, la libertad y la responsabilidad a través del existencialismo, corriente que, como su nombre indica, pone a la existencia como centro de toda reflexión, entendida como el modo de ser propio y característico del ser humano. Heidegger redefinió al ser humano como Dasein (ser-ahí), el único ser consciente de su propia existencia, un sujeto “arrojado” al mundo, a una historia y una cultura específicas que no ha elegido. Su ser es esencialmente “ser-en-el-mundo”, lo cual significa que el hombre está indisolublemente ligado a su entorno y a su herencia. A diferencia de los demás seres, el hombre es proyecto y posibilidad, pero una posibilidad que sólo adquiere autenticidad cuando asume conscientemente el destino y las raíces de su propio horizonte histórico. Heidegger distingue entre la existencia auténtica y la inauténtica; la inautenticidad se da cuando vivimos según el “se” (das Man), disolviéndonos en la masa homogénea de la cotidianidad y evadiendo nuestra responsabilidad. La autenticidad, en cambio, surge al enfrentar con valentía la propia finitud y la angustia que revela que somos “seres-para-la-muerte”: la muerte es la “imposibilidad de toda posibilidad” pero, cuando la asumimos, nuestro tiempo y nuestras elecciones adquieren un sentido real. El concepto de “cuidado” (Sorge) resume esta estructura: el hombre auténtico es aquél que cuida de responsabilizarse activamente de su propio ser en la situación en la que ha sido arrojado.

En contraste con Heidegger, Jean-Paul Sartre llevó el existencialismo hacia una postura atea y atomizada, afirmando que “la existencia precede a la esencia”: bajo esta premisa, el existencialismo sartreano asume que el hombre empieza por no ser nada, surgiendo en el mundo como una página en blanco que sólo después se define a través de sus actos individuales. Al negar la existencia de una naturaleza humana fija o de una herencia determinante, esta perspectiva reduce al sujeto a una supuesta “libertad radical”, a un constructivismo que desarraiga al individuo de su estirpe y su historia. Sin embargo, el ser humano no se inventa a sí mismo en el vacío, sino que halla su verdadera libertad y significado al reconocer y honrar las raíces que le preceden. Sartre sostiene que estamos “condenados a ser libres”, argumentando que el hombre es responsable absoluto de cada uno de sus actos; desde esta perspectiva, la angustia nacería de esa libertad total y del peso artificial de elegir por una “Humanidad” abstracta. Asimismo, define la “mala fe” como el intento de culpar a factores externos de nuestras decisiones pero, contrariamente a lo que sostiene este voluntarismo radical, los condicionamientos de la historia, la estirpe y la cultura no son simples excusas para el autoengaño, sino cimientos reales de la identidad personal. La verdadera responsabilidad de ser libre no se ejerce ante una masa global indefinida, sino ante una comunidad concreta con una continuidad y un destino.

La filosofía española del siglo XX también realizó contribuciones fundamentales para rescatar al hombre concreto y vital del racionalismo abstracto moderno. La antropología de Unamuno se centra en el “hombre de carne y hueso”, aquél que nace, sufre, pertenece a una tierra, goza y muere. Al rechazar el cogito cartesiano por reducir al ser humano a un mero átomo pensador desarraigado, Unamuno sitúa como eje de su pensamiento el “sentimiento trágico de la vida” que surge del hambre de inmortalidad o instinto de perpetuación, un impulso heroico que, frente a la certeza racional de la muerte, empuja al hombre a buscar la trascendencia y la inmortalidad. Unamuno plantea una lucha agónica entre la razón y la vida: todo lo vital se opone al racionalismo abstracto (porque el instinto afirma la trascendencia) y todo lo puramente racional atenta contra lo vital (porque la fría lógica tiende a disolver los vínculos sagrados). El hombre auténtico es aquél que vive como un héroe trágico en esta tensión constante sin rehuir la angustia existencial, buscando un principio superior que sea garante de la supervivencia de su alma, su cultura y su cuerpo. La vida humana y la historia de los pueblos son, en esencia, una batalla agónica y permanente por no dejar de ser.

Por su lado, Ortega propuso el raciovitalismo como una superación tanto del racionalismo puro como del vitalismo irracionalista. Su tesis central es que “la vida es la realidad radical” en la que se dan todas las demás realidades. El concepto de “razón vital” sostiene que la razón no es algo abstracto y frío, sino una función de la vida misma: “si pienso es porque vivo”. Por otra parte, la famosa frase “Yo soy yo y mi circunstancia” indica que el hombre no puede entenderse aislado del mundo, de la historia y de la cultura en que está inserto: para Ortega, vivir es convivir con una circunstancia y, en medio de ella, trazar un proyecto o programa vital. La vida es “futurición”: hacemos hoy lo que hemos decidido ser mañana pero no desde un autoconstructivismo caprichoso, sino mediante un quehacer constante que requiere fidelidad a la propia vocación dentro del escenario histórico que nos ha tocado vivir.

Otras perspectivas antropológicas han subrayado la relación intrínseca entre la biología humana y la producción de sentido. Ernst Cassirer amplió la definición aristotélica del hombre al considerar al ser humano como un “animal simbólico” puesto que no habita simplemente en el mundo físico, sino en un universo de símbolos compuesto por el lenguaje, el mito, el arte, la religión y la ciencia de su comunidad. Gracias a la función simbólica el ser humano trasciende lo inmediato y vive en un horizonte temporal que incluye el pasado y el futuro, siendo el lenguaje el medio por el cual el hombre construye su propio mundo de sentido. En una línea próxima, Arnold Gehlen propuso una visión antropobiológica que define al hombre como un “ser deficitario” (Mängelwesen), pues físicamente carece de las especializaciones instintivas y las protecciones naturales que tienen los animales pero es precisamente esta “falta de especialización” lo que le permite estar “abierto al mundo” (Weltoffen) y no limitado a un ecosistema específico. Para compensar su desvalimiento biológico, el hombre recurre a la acción y crea una “naturaleza artificial”, que es la cultura: un mundo de condiciones creadas y dominadas por el trabajo, que nos permite sobrevivir. El hombre es, por tanto, un ser actuante que debe adiestrarse y educarse para transformar el entorno y asegurar su existencia.

Y es que un rasgo unánimemente reconocido por la antropología es la vulnerabilidad humana, la exposición a la herida. Karl Jaspers incidió en el hecho ya comentado de que el hombre es el único ser que sabe de su propia finitud, y señaló que en ese reconocimiento radica su grandeza. También Pascal afirmaba que el hombre es grande porque se sabe miserable, mientras que un árbol no es consciente de ello. Sin embargo, en la vida cotidiana lo común es huir de este afrontamiento de la propia vulnerabilidad mediante preocupaciones triviales: sólo las situaciones límite, como la enfermedad o la proximidad de la muerte, rompen esta evasión y nos enfrentan a nuestra necesidad de vínculos y a nuestra frágil condición. La enfermedad, concretamente, es una experiencia subjetiva de fractura que afecta a la persona entera y la hace ver, además, que es una unidad sustancial de materia y espíritu y no “un alma encerrada en un cuerpo”.

En la actualidad, el descomunal progreso tecnológico está dando lugar a cuestionamientos cada vez más radicales sobre qué es ser humano El transhumanismo, por ejemplo, sostiene que el hombre es una entidad mejorable y, en último término, superable mediante la tecnología, pudiendo llegar a transformarse en una racionalidad artificial cuya naturaleza, por supuesto, ya no sería humana. Esta hibridación entre hombre y máquina plantea la paradoja de si el intento de superarnos mediante prótesis e ingeniería genética no terminará por hacer desaparecer la especie humana tal como la conocemos: si no existe una esencia humana fija, si se puede modificar el cuerpo y la mente ilimitadamente hasta acabar creando una especie “posthumana”, la diversidad de las culturas y el vínculo con la estirpe original quedarían destruidos definitivamente. Por otro lado, el desarrollo de la inteligencia artificial plantea dilemas éticos y existenciales profundos, pues ya se está comprobando que la ideología digital universalista que subyace a estos mecanismos atrofia nuestras capacidades reflexivas y conduce al desplazamiento destructivo del trabajo humano, fundamento de la dignidad comunitaria. Estas cuestiones de rabiosa actualidad no hacen sino exacerbar un problema que se inicia con la Revolución Industrial y que sigue sin ser resuelto: la tecnología, cuando es despojada de todo límite ético, se vuelve incontrolable y acaba siendo una amenaza para la soberanía de todos los pueblos, incluso de aquéllos que pretendieron utilizarla como arma contra los demás.

J. Gato