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De murallas y de fronteras, de supervivencia y de solidaridad

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«Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía».

Francisco de Quevedo Villegas


Introducción: definiciones y alcance

La historia de los muros, de las murallas para ser más precisos, es tan antigua como la de la propia humanidad (1). Para no tergiversar de manera deliberada el término, la Real Academia Española (R.A.E.) define en su versión de 2019 muralla como «Muro u obra defensiva que rodea una plaza fuerte o protege un territorio». La defensa de un espacio es la principal idea que se extrae de su lectura y, en ningún caso, el rasgo ofensivo o similar aparece establecido en su natural condición, siendo éste una característica más precisa de los que buscan sobrepasar los muros. Como concepto antropológico, la muralla es mucho más que una barrera física y una delimitación del territorio; es un potente dispositivo cultural y simbólico en nuestro imaginario y define nuestra identidad. De este modo, las murallas son un reflejo, una radiografía incluso, del estado vital de las sociedades que protegen y de su potencial o debilidad.

Al referirse a un mundo pasado, en cuanto que ha dejado de tener esta conciencia, Alain de Benoist manifestaba que «las fronteras salvaguardaban a aquellos que vivían su forma de vida y una vida propia». De este modo, las murallas pueden delimitar las fronteras de un modo u otro, variando en su alcance e intensidad, constituyéndose así en un signo de protección, organización y estabilidad. Por concretar en los términos y en su alcance, una frontera es una delimitación jurídico-política y una muralla es una de las posibles materializaciones del control de esa frontera. Una frontera puede existir sin muro y un muro puede existir sin constituir una frontera.

Plantear un recorrido a lo largo de la historia de la muralla es un ejercicio harto difícil e incluso tedioso, puesto que se trata de un recurso defensivo presente, con muy distintas formas y funciones, en buena parte de las sociedades sedentarias del planeta. No todas estas construcciones respondieron, sin embargo, a una misma lógica: unas protegieron ciudades y núcleos de población; otras delimitaron territorios más amplios; y algunas materializaron verdaderas fronteras políticas o militares. Desde las murallas de Babilonia o Troya hasta los grandes sistemas lineales de Gorgan, la Gran Muralla China o el muro de Adriano, pasando por los recintos urbanos de Roma, Constantinopla, Lugo o Ávila, esta arquitectura adoptó dimensiones y significados muy diversos. Las murallas fueron, por tanto, elementos defensivos, pero también instrumentos de control, delimitación y proyección de poder.

¿Unas murallas sí y otras no?

¿Por qué una estructura que históricamente se ha entendido como instrumento de protección, control y soberanía adquiere en el discurso contemporáneo una valoración moral distinta dependiendo de quién la construya y qué frontera proteja? Que el mundo sigue plagado de muros y de fronteras, pese a lo redactado por el icónico pensador francés, resulta una realidad ineludible. Existen las fronteras nacionales e internacionales y, dentro de cada una, también pequeñas «fronteras» -si se admite cierta licencia en cuanto a la interpretación del término- e incluso se podría hacer referencia a «microfronteras». Estas últimas, casi a modo de metáfora, apenas son perceptibles a pesar de que nos rodean y delimitan por todas partes. Desde la finca, al bloque y el portal. También varían en su tipo y en su condición, incluso en su función.

En la historia más reciente tenemos el caso del extinto muro de Berlín, tras la ocupación de Alemania por parte de las tropas aliadas. Chipre sigue dividida en dos tras la invasión turca. A comienzos del XXI le toca el turno a Israel respecto a Palestina, por mencionar solo algunos ejemplos paradigmáticos, siendo el listado numeroso y afectando a la mayoría de naciones por igual. Los casos de Polonia y Hungría serían los testimonios más recientes en suelo europeo. Las vallas de Ceuta y Melilla cumplirían con similares caracteres, aún siendo material efímero y traslúcido, frágil y cambiante. Sin olvidar la del Sáhara por parte de Marruecos. Por cierto, la mitología clásica señala que Hércules separó los dos continentes, Europa y África, por eso en Ceuta hay una escultura monumental contemporánea que recrea esta mitificación.

Sin embargo, en el foco de la atención estuvo largo tiempo el «muro de Trump», a pesar de que fue iniciado por la administración de Bill Clinton, con otros antecedentes, y conservado por el resto de presidentes (también con Obama). Trump no creó el muro de la frontera con México; lo que pretendió fue transformar una infraestructura defensiva y administrativa preexistente en un monumento político y de mayor efectividad, entre otras posibilidades. No parece que sea fruto del azar que tras lo sucedido en Ceuta estas semanas, con repercusiones en la Casa Blanca, haya vuelto el debate a la palestra en U.S.A. En cualquier circunstancia, en Estados Unidos no existe un intento de ocupación militar o territorial desde el exterior, dinámica que sin embargo sí sucede en Ceuta y Melilla. En la mayoría de ocasiones, a pesar de ser referidas como marchas pacíficas de soñadores, unas y otras actúan como una forma de presión y desestabilización y, de un modo u otro, generan episodios de violencia como se está comprobando en la actualidad en el caso ceutí y en anteriores situaciones.

Pese a transitar el ámbito visual de manera muy somera, en un rápido repaso de las principales películas y series, se observa que la ficción española reciente apenas parece haber construido la valla de Ceuta o Melilla desde el punto de vista de quienes están dentro y desean protegerse de quienes están fuera (3). Predomina justamente la mirada inversa: la valla vista desde quien quiere atravesarla. Todo esto no resulta azaroso y tiene que ser contemplado en lo que a las narrativas se refiere, en especial entre la juventud. Sin respaldo a los cierres, éstos no podrán cumplir con su función por muy altos y resistentes que se alcen. Situación reversible si se apoya el medio audiovisual como herramienta de transformación pese a que en España demasiados siguen desorientados en otras dinámicas pseudoculturales.

De las murallas a la Torre de Babel

En el contexto del proyecto trumpista, «No hay fronteras, no hay muros que frenen el ingenio y el talento», defendió en la gala de 2019 de los mediáticos premios Oscar el actor español Javier Bardem. En el plano cultural se puede hasta coincidir de manera parcial con esta bucólica afirmación (4), pero no así en el trasfondo, puesto que, en realidad, lo que se está manifestando en este proceso es la legitimación y apoyo a los grandes movimientos migratorios (en este caso las constantes caravanas que reproducen, en cierta medida, la imagen de los grandes desplazamientos colectivos del relato de la obra «El campamento de los santos», de Jean Raspail). En cambio, ¿qué sucede con el resto de barreras del planeta? Si seguimos el discurso de Bardem, que simplemente se sube a la nave, podría deducirse que no existen. Tampoco con Obama. Resulta significativo, en cambio, que el propio Hollywood haya recurrido a una representación positiva del muro como espacio de protección con apenas críticas (véase al respecto «Guerra Mundial Z», protagonizada por Brad Pitt y producida en 2013, en la que el muro israelí sirve de refugio ante una amenaza de muertos vivientes). De esto se desprende que determinadas fronteras europeas y occidentales reciben una deslegitimación pública que no siempre se aplica con idéntica intensidad a otros sistemas fronterizos, poniéndose así en duda no solo su propia identidad, también su capacidad de existencia. Lo que viene sucediendo desde hace años en Ceuta y Melilla permite aproximarnos a esta realidad de manera más cercana.

Profundizando en el ámbito estadounidense, extrapolable a otros tantos contextos, la mansión de Los Ángeles que el matrimonio Bardem y Cruz contaba en Hollywood disponía de altos muros en una zona de máxima seguridad. Ya el propio Trump, cuyas posesiones también están bien salvaguardadas con muros gigantescos, advertía que el matrimonio Obama tenía el derecho de proteger su vivienda con estas mismas estructuras y lo extrapolaba al país y a la necesidad del muro con la frontera de México. La lista de micromuros en España también es interminable y todos ellos, sean de uno u otro color, cuentan con altas paredes impenetrables incluso visualmente para el resto de conciudadanos. Existe, cuando menos, una paradoja en que algunos de quienes condenan la frontera material como principio político habiten espacios privados rigurosamente delimitados y protegidos. En realidad, si uno se fija bien, son principalmente los acaudalados y los representantes de los poderes fácticos, entre los que se encuentran también algunos de quienes reclaman la ruptura y supresión de los muros nacionales, no los ciudadanos de a pie, los que poseen estas defensas que les aíslan de lo que sucede en su territorio. Indiferentes así al resto de compatriotas.

¿Y si extrapolamos esta idea de desigualdades a la de estados ricos frente a estados pobres? La coherencia del discurso es fundamental en toda narrativa y eludir la respuesta no ayuda en la actualización ideológica. La existencia de fronteras en Europa es imprescindible para su defensa, como la de un Ejército propio, pero no es suficiente. A la vez que se contiene el muro, también se hace necesario tender puentes. Una comunidad tiene derecho a delimitar y controlar su territorio, pero ese derecho no elimina la necesidad de contribuir a que otras comunidades puedan desarrollarse en su espacio sin verse empujadas al desplazamiento. En caso contrario, no habrá murallas en vertical que logren detener las caravanas empujadas por los banqueros de Wall Street, Davos, Unión Europea y mercachifles del orbe parapetados todos ellos en sus grandes fortalezas. Por tanto, ni odio, ni búsqueda de falsos enemigos y, bajo este común argumento, compartimos la responsabilidad de ser solidarios. Solidarios sí, pero no suicidas. Ante el reemplazo de los pueblos europeos estamos en nuestro derecho de sobrevivir, de no ser barridos como civilización de la historia.

En cualquier circunstancia, no se trata de que nosotros como europeos aspiremos a contar con muros para cada una de nuestras viviendas, emulando así a los precitados sujetos, es justo a la inversa. Entendiendo el territorio europeo como una gran comunidad, aspiramos a que en este espacio desaparezcan las principales barreras en su interior. Sin embargo, en Europa se levantan cada vez más fronteras y controles interiores; pero sin una frontera exterior común efectiva, el viejo continente se suicida al transformarse en un laberinto, como la Torre de Babel, al metamorfosear sus cimientos. Quebrar las fronteras nacionales desde las altas esferas para generar una diáspora global y recibir mano de obra semiesclava, es un auténtico caballo de Troya en la Europa del siglo XXI. Y así el día que las sociedades europeas salgan a la calle reclamando en masa la caída de los muros, la necesidad de puertas abiertas, que ahora se les impone, entonces empezaremos a creer en esos alegatos hegemónicos del «establishment cultural», lanzados desde sus posiciones privilegiadas y castillos de cristal inaccesibles.

Por último, en este análisis resulta imprescindible no obviar las fronteras aéreas. En el caso de España, han entrado millones de extranjeros vía los aeropuertos, sin retornar a sus países de origen. Cifras enormes si se confrontan con las terrestres y marítimas. El caballo de Troya vuela también.

 

Epílogo

Estas defensas, como ya hemos señalado al inicio, funcionan también como proyección visual. Símbolos de soberanía, de representación de un poder y de una época concreta. Por eso el artista italiano del período de entreguerras Duilio Cambellotti, plasmó en una de sus xilografías el erróneamente llamado muro Servio que acompaña este artículo (5). El soldado proyecta sobre la clave del arco su brazo extendido. Está en suelo romano, solo y rodeado por unos muros que parecen recordarnos a los que siglos antes había descrito Quevedo. El paraíso mediterráneo perdido. Que los versos del poeta y la representación queden para el recuerdo, que la demagogia sea barrida y que la contención de los muros arrecie. También la determinación de las sociedades que los defienden.

 

AL – Instituto Carlos V para la Larga Memoria Europea

 


(1) Este artículo fue publicado originalmente en el año 2019 en la revista «El Emboscado», nº 6, habiendo recibido diversas modificaciones para su nueva publicación.

(2)  Tracy, James D. (ed.). «City Walls: The Urban Enceinte in Global Perspective». Cambridge: University Press, 2000. Con un carácter más narrativo e ideológico: Frye, David. «Muros. La civilización a través de sus fronteras». Madrid: Turner, 2019.

(3) Como películas que emplean como telón de fondo el papel que desempeña Ceuta o Melilla se puede hacer referencia a «El salto» (Benito Zambrano, 2024) y «Adú» (Salvador Calvo, 2020); y en cuanto a series «El Príncipe» (2014–2016, Telecinco) y «La Unidad (2020–2023, Movistar Plus+). Sin relación con ambas poblaciones se puede mencionar asimismo a la reciente película «Viaje al país de los blancos» (Dani Sancho, 2026) y la serie «La valla» (Atresmedia Televisión, 2020). Se obvian los documentales, destinados por lo general a un público más reducido, que ampliarán la nómina sensiblemente y que mantienen aún más todas las narrativas advertidas en series y en películas. Esta dinámica también se puede contemplar en publicaciones: Rubio Gómez, M. et ali (ed.). «Cine y migraciones». Manresa: Bellaterra, 2023 y Cantero Exojo, Mónica;Suárez Fernández, José Carlos ;Van Liew, Maria (eds.). «Fotogramas para la multiculturalidad: migraciones y alteridad en el cine español contemporáneo». Valencia: Tirant lo Blanch, 2012.

(4) Una serie de matices al respecto; por un lado, para exportar la cultura no hace falta contar con los individuos físicamente, tal y como demuestra el tráfico global de obras, por otro lado, no todos los individuos generan cultura pese a ser culturalmente diferentes, sin obviar el saqueo que implica sustraer las mentes más privilegiadas de una sociedad en fase de desarrollo.

(5) Parisi, Francesco y Vittori, Massimiliano (eds.). «Duilio Cambellotti xilografo e illustratore. Dalle Leggende romane a La conquista della terra». Latina (Roma): Associazione Culturale Novecento, 2007.